EL ÚLTIMO VERANO.

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El último verano pertenece al libro de relatos //Mentiras de verano// de Bernhard Schlink, publicado por Anagrama, cuya adaptación en formato de audio les traemos hoy. Todas las historias se sitúan en esa estación del año y la mentira es el motor de la acción de los siete relatos que componen el libro.
Thomas Wellmer, profesor universitario jubilado, ha preparado minuciosamente todos los ingredientes para ser feliz rodeado de su familia en la casa que poseen en un lago en el que sabe será su último verano.


Reparto:
Narrador: Joaquín Foncueva.
Mathias, nieto se Thomas:Paula de la Cruz Morales.
Meike: nieta de Thomas:Pepa Asencio.
Thomas, profesor jubilado: Javier Merchante.
Mujer de Thomas: Antonia M. Zurera.
Ariane, nieta de Thomas: Pilar Valdés.
Amigo: Chema del Barco.
Dagmar, hija: Antonia de Miguel.
Helmut, hijo:Pablo Domínguez.
Músicas: Paolo Pavan (Jamendo).





El último verano.
(Adaptación del relato de Bernhard Schlink. Publicado en “Mentiras de verano”. Edit. Anagrama)

Narrador: También ese verano le llegó una invitación para ir a Nueva York. Sacó el sobre del buzón y lo abrió camino del banco en el que solía leer el correo por las mañanas. La Universidad a la es estaba ligado desde hacía veinticinco años, le invitaba a organizar un seminario en primavera.
El banco estaba junto al lago, en una zona del terreno que quedaba separada del resto de la finca y de la casa por una carreterita.
La primavera siguiente no daría clases en Nueva York. No volvería a dar clases en Nueva York nunca más. Su vida en Nueva York se había acabado.
Pensar sobre si había sido feliz en su matrimonio y con su familia le asustaba. Entonces pensó que no debería considerar el convencimiento de lo falaz de su felicidad como algo negativo, sino positivo. ¿Qué podría ser mejor que ese convencimiento para alguien que quiere dejar la vida? Quería dejarla porque los meses que tenía ante sí, los últimos meses, serían horribles. Y no porque no pudiera soportar los dolores. Solo se iría cuando los dolores er hicieran insoportables.
Ahora tenía a toda la familia reunida y su amigo de toda la vida también iría a pasar unos días con ellos. Creía haber preparado bien aquella última oportunidad de ser felices todos juntos.
Mathias: ¡Abuelo!
Thomas: ¡Hola, Mathias! ¿Qué ocurre?
Mathias: El desayuno ya está. ¡Meike, David..., a desayunar! Venga, daos prisa. ¿Echamos una carrera?
Meike: Como quieras, renacuajo, pero te ganaremos, somos mayores qué tú.
Narrador: Sí, así se había imaginado el verano todos juntos. También se había imaginado cómo irse. Un amigo médico le había proporcionado el cóctel. Cóctel... Le gustaba la denominación. Él sería su propio ángel de la muerte. El médico certificaría un fallo cardiaco. Sería una muerte indolora y apacible para él, y una despedida indolora y apacible para los demás. Pero aún no había llegado ese momento.
Cuando se hizo de noche y ya estaban en la cama, le preguntó a su mujer.
Thomas: ¿Has sido feliz conmigo?
Mujer: Estoy feliz de estar aquí.
Thomas: No, me refiero a si has sido feliz conmigo.
Mujer: ¿Todos estos años, desde que nos casamos?
Thomas: Sí.
Mujer: No llevé que estuvieras tanto tiempo lejos; estar sola tan a menudo, tener que criar a los niños yo sola. Sabes perfectamente cuándo me ha ido mejor y cuáno me ha ido peor. Igual que yo sé cuándo te ha ido bien o mal a ti. Cuando los niños eran pequeños y volví a trabajar en el colegio, te dedicaste poco a nosotros. Te habría gustado que me involucrase más más en tu profesión, que leyera lo que escribías. También te habría gustado acostarte conmigo más a menudo. Y a mí también me habría gustado que nos hiciésemos más mimos.
Narrador: Le dolía la cadera izquierda. Dondequiera que se tocase le esperaba un dolor que le decía que ahora se había instalado allí y que estaba tan a gusto como en su propia casa.

Thomas: Bueno, ya todo está listo solo falta una sartén para hacer las tortitas. ¡Mierda, soy una nulidad en la cocina! Espero no haber despertado a nadie...
Mujer: ¿Qué haces en la cocina?
Thomas: Tortitas. Iba a hacer ahora la número cero. Las demás las haré cuando todos se hayan sentado para desayunar. Siento haberte despertado.
Mujer: ¿Lo has preparado tú?
Thomas: Quieres probar la número cero. Toma aquí tienes, recién hecha para ti.
Mujer: Sabe como una auténtica tortita
Thomas: Es una auténtica tortita. ¿No hay un beso para mi?
Mujer: ¿Un beso? Anda, ven aquí. (Gesto de él ujuuú, ajá y gesto de ella beso. Pasos. Entra Meike).
Meike: ¿Qué pasa?
Mujer: Está haciendo tortitas.
Meike: ¿El abuelo está haciendo tortitas? ¡El abuelo está haciendo tortitas! (Sale pronunciando en alto la última frase. Pasos).

Narrador: Aquel día no fue a sentarse al banco que estaba junto al lago. Buscó la compañía de sus nietos mayores, David y Meike, y luego preguntó por Ariane:
Meike: ¿Y de postre mousse de chocolate?
Thomas: Si la receta viene en el libro... Bueno, quedamos mañana a las once. Primero vamos a hacer la compra y luego cocinamos
Meike: Guay, abuelo, pero nos veremos antes.
Thomas: ¿Dónde está Ariane?
Meike: Sentada en tu banco, abuelo.
Narrador: Ariane estaba leyendo con un pie sobre el banco y el libro apoyado en la rodilla. Lo oyó acercarse y alzó la vista.
Ariane: ¿No te importa que me haya sentado en tu banco?
Thomas: Claro que no. ¿Puedo sentarme yo también? El cartero siempre llama dos veces...
Ariane: Estaba en la estantería. A lo mejor no es para mi edad, pero es muy interesante. Pensé que haríamos más cosas juntos. Pero David solo tiene ojos para Meike, y Meike para David, aunque hace como que no, y David no se da cuenta.
Thomas: ¿Estás segura?
Ariane: Está claro, abuelo.
Thomas: O sea que así andan las cosas entre David y Meike. Bueno, ¿quieres que hagamos algo nosotros dos?
Ariane: ¿Cómo qué?
Thomas: Podemos visitar iglesias y castillos o ir a ver a un pintor que conozco o a un mecánico que tiene el taller igual que hace cincuenta años.
Ariane: Bueno, pues vamos a ver al pintor.

Narrador: Una semana después, su mujer le dijo:
Mujer: ¿Qué es lo que pasa? Ya no lees, ya no escribes; sólo andas de un lado para otro con los nietos o con los hijos, ayer apareciste en el jardín queriendo cortar el seto, y a la menor oportunidad de agarrarme me agarras. En serio, es como si no pudieras apartar las manos de mi. No quiero decir con eso que no puedas hacerlo. Puedes... Bueno, todo ha cambiado y me gustaría saber por qué.
Narrador: Estaban sentados en el porche. Los hijos y sus respectivas parejas estaban cenando en casa de unos amigos y los nietos ya se habían ido a la cama.
Mujer: Y esto de beber una copa de vino a la luz de las velas tampoco lo habíamos hecho nunca.
Thomas: ¿Y no es hora ya de empezar a ocuparme de los nietos y de los hijos y del seto; de volver a saber cómo te encuentras?
Mujer: No, Thomas Wellmer. Esto no es así. Yo no soy una máquina que puedas encender y apagar. Me había imaginado nuestro matrimonio de otra manera, pero parecía que no podía ser, así que me adapté a lo que había. Pero no voy a adaptarme a un cambio de humor o a un ritmo distinto de un verano que dentro de poco habrá acabado. Para eso, sigo cortando yo el seto.
Thomas: Dejé la universidad hace tres años. Ahora siento haber necesitado tanto tiempo para comprender lo que es la libertad de la jubilación. En el mundo universitario la jubilación no es algo tan radical como en la administración, se siguen teniendo alumnos de doctorado, organizando los seminarios, participando en alguna comisión... Es como si apagaras el motor y avanzaras en punto muerto. Si la carretera asciende...
Mujer: Tú eres el coche al que la jubilación le ha quitado el motor, y ¿quién es la carretera que asciende?
Thomas: Todos los que me tratan como si el motor siguiera en marcha.
Mujer: Así que tengo que tratarte de una manera especial, no como si el motor siguiera funcionando, sino como si ya no funcionara. Entonces...
Thomas: No, tú no tienes que hacer nada. Después de tres años, el motor ya no gira.
Mujer: O sea que, a partir de ahora, vas a ocuparte de los nietos y a cortar el seto.
Thomas: Y a no apartar las manos de ti.

Narrador: Él trataba de ganársela. Una noche fueron los dos en el coche a un restaurante que había en la otra orilla del lago, donde les sirvieron la cena en un prado bajo unos árboles frutales. Estuvieron contemplando el agua hasta que dos cisnes se posaron en ella palmeteando con las alas.
Thomas: ¿Sabes que los cisnes...?
Mujer: Lo sé.
Thomas: Cuando volvamos a casa, quiero hacer el amor contigo.
Mujer: ¿Te acuerdas de cuándo lo hicimos por última vez?
Thomas: Antes de tu operación.
Mujer: No, fue después. Yo pensé que seguiríamos haciéndolo. Me dijiste que estaba tan guapa como antes y que mi nuevo pecho te gustaba tanto como el antiguo. Pero después , cuando fui al cuarto de baño y me vi aquella cicatriz roja, pensé que no podía y que todo aquello era un esfuerzo, que tú te estabas esforzando y que yo me estaba esforzando. Tú reaccionaste con comprensión y delicadeza y me dijiste que no querías darme prisa; que te lo hiciera saber cuando estuviera preparada. Pero yo no decía nada y a ti no te pareció mal y no insististe. Luego me di cuenta que antes de la operación tampoco había sido de otra manera, que entonces tampoco pasaba nunca nada entre nosotros si no decía nada, y se me fueron las ganas de decirlo.
Thomas: Años perdidos. No puedes imaginarte cuánto lo siento. Entonces yo pensaba que tenía que demostrarme mi valía a mi mismo y a los demás y que tenía que llegar a ser rector, secretario de Estado o presidente de la asociación, y como tú no te implicabas en ello, me sentía traicionado. Sin embargo, tú tenías razón. Cuando miro hacia atrás, los años no tienen ninguna importancia. Sólo han sido ruido y prisas.
Mujer: ¿Has tenido alguna amante?
Thomas: ¡No, por Dios! Aparte de mi trabajo no ha habido nada ni nadie más. De otro modo no habría logrado sacarlo adelante.
Thomas: Camarero, por favor, la cuenta. ¿Crees que todavía podríamos?
Mujer: Tengo tanto miedo como la primera vez o más aún. No sé cómo saldrán las cosas.

Narrador: Todo quedó en nada. En mitad del abrazo apareció el dolor.

Mujer: ¿Qué pasa?
Thomas: Creo que tengo el ataque de ciática más fuerte que he tenido jamás.
Narrador: Ya en el baño se tomó una pastilla de Novalgina. Cuando los dolores aminoraron, volvió a la habitación. Su mujer estaba dormida. Ella se disculpó a la mañana siguiente:
Mujer: Lo siento. El champán, el vino, la cena, hacer el amor, y al final, cuando todo era más bonito la ciática. Fue demasiado para mi y me quedé dormida.
Thomas: No, soy yo el que lo siente. No sospeché que pudiera darme tan fuerte y en un momento tan inoportuno.
Mujer: Tengo que ir a preparar el desayuno.
Thomas: No, no tienes que hacerlo.
Narrador: Entonces le pidió al dolor que se quedara en la habitación trasera aquella mañana o, al menos, durante una hora.
Thomas: ¿Te pones tú encima?

Narrador: Hacia medio día fue a recoger a su viejo amigo a la estación. Durante el trayecto hablaron de la jubilación, de la familia y del verano. Luego el amigo le preguntó:
Amigo: ¿Cómo va el cáncer?
Thomas: Es cuestión de tiempo que los huesos ya no resistan, que se desmigajen y se rompan hasta que el dolor se haga insoportable. A veces siento los preliminares, pero de momento la cosa marcha. ¿Y cómo va tu cáncer?
Amigo: Sin novedad desde hace cuatro años. El mes pasado tenía revisión, pero por primera vez no fui. ¿Qué piensas hacer cuando los dolores se hagan insoportables?
Thomas: ¿Que harías tú?
Amigo: Disfrutar del verano todo lo posible. ¿Qué otra cosa puede hacerse?

Amigo: ¿Qué tal si echamos una partida de cartas?
Helmut: ¡Estupendo!
Dagmar: ¿A lo de siempre?
Amigo: Me parece perfecto.
Narrador: Después de la cena se sentó en un rincón del sofá y miró cómo los demás jugaban. Había tomado Novalgina, pero ya no le hacía nada. ¿Debía ir a la ciudad y pedirle morfina al médico? ¿O ya habría llegado el momento de sacar la botella del frigorífico donde la tenía escondida y beberse el cóctel?
Dagmar: ¡Vamos, vamos, no te hagas más de rogar! Siempre nos has tocado el piano! No puede faltar en tus visitas.
Amigo: Está bien, pero sólo lo hago porque este distinguido público lo solicita.
Narrador: Su amigo se sentó al piano, le sonrió y tocó la chacona de la Partita en re menor, una pieza que en su época de estudiante habían escuchado muchas veces. ¿Sería su regalo de despedida?
Mujer: Yo también voy a ponerme a llorar. ¡Ha sido un día precioso desde el principio hasta el final!
Thomas: Sí.
Mujer: ¿Quieres que nos levantemos y subamos? ¿Cuando los demás se den cuenta de que no estamos, lo comprenderán?

Narrador: Un día los dolores fueron tan intensos que tomó el tren, fue a la ciudad y le pidió al médico que le recetara morfina. Cuando regresó, la casa estaba a oscuras. La morfina era la solución. Se sintió ligero, tenía alas, podía alcanzar las estrellas. Oyó los pasos de su mujer.
Thomas: ¿Has oído el coche?
Mujer: ¿Es esto lo que creo?
Thomas: ¿Y qué crees?
Mujer: No juegues conmigo, Thomas Wellmer. ¿Qué es esto?
Thomas: Es un medicamento muy fuerte. Hay que conservarlo en el frigorífico y no debe caer en manos de los nietos.
Mujer: ¿Por eso lo has escondido en el frigorífico, detrás de la botella de champán?
Thomas: Sí, y no comprendo por qué...
Mujer: Tengo unos dolores fortísimos desde que he encontrado esta botella. Unos dolores fortísimos. Así que lo mejor será que me la beba.
Thomas: ¡No bebas!
Mujer: Una noche, cuando estemos todos juntos tan a gusto, tienes pensado salir, beberte la botella, volver a entrar y quedarte dormido.
Thomas: No lo he planificado con tanta exactitud.
Mujer: Pero pretendías hacerlo sin decirme nada, sin preguntarme mi opinión, sin que lo hubiéramos hablado. Eso si que lo tenías planeado, ¿verdad?
Thomas: No entiendo por qué te pones así. Quería marcharme cuando el dolor fuera insoportable. Quería irme sin causar problemas a nadie.
Mujer: ¿Te acuerdas de nuestra boda? <<Hasta que la muerte os separe>> No hasta que te enredes con la muerte y te largues con ella. ¿Es que creías que no iba a averiguar la verdad? ¿O pensabas que lo haría cuando ya estuvieras muerto y entonces ya no podría pedirte explicaciones? No me has engañado con ninguna amante, pero esta manera de engañarme no es mejor, es peor.
Thomas: Pensé que no os darías cuenta. Pensé que sería una bonita despedida. ¿Qué habrías hecho tú...?
Mujer: ¿Una bonita despedida? Eso no es una despedida. O, en todo caso, no es despedirte de mi. No te despides de mi, sino de ti, y a mi quieres tenerme de comparsa.
Thomas: Sigo sin entender por qué te indignas...
Mujer: Mañana se lo explico a nuestros hijos y luego me largo. Tú puedes hacer aquí lo que te de la gana. Yo no voy a quedarme para hacer de comparsa, y me extrañaría mucho que nuestros hijos se quedaran.

Narrador: A la mañana siguiente, cuando todos estaban sentados a la mesa, apareció su mujer.
Mujer: Me voy a la ciudad. Vuestro padre tiene pensado suicidarse una noche de éstas, rodeado de los suyos. Yo me he enterado por casualidad. Yo no quiero tener nada que ver con todo esto. Que ponga en práctica el solo lo que ha urdido solo.
Dagmar: Karl, llévate a los niños y haz algo con ellos. No solo a los nuestros, a todos.
¿Es verdad que quieres suicidarte, como ha dicho mamá?
Thomas: Pensé que no tenía que saberlo todo el mundo; en realidad, que no tenía que saberlo nadie. Los dolores son cada vez más fuertes, y cuando se vuelvan insoportables, tenía pensado irme. ¿Qué hay de malo en ello?
Dagmar: Que no nos has dicho nada y que tampoco nos lo ibas a decir, o al menos a mamá.
Helmut: Déjalo, Dagmar. Esto es algo que tienen que hablar nuestros padres entre ellos. Yo, en cualquier caso, no voy a inmiscuirme, y tú deberías hacer lo mismo.
Dagmar: Pero es que no lo han hablado entre ellos y mamá dice que no quiere tener nada que ver.
Helmut: Eso también es una forma de romper con él. Venga, vamos a hacer las maletas y nos marchamos.
Mujer: Me voy.
Thomas: No tienes que irte.
Mujer: Sí, tengo que irme.
Thomas: ¿Vas a la ciudad?
Mujer: No lo sé. Aún me quedan tres semanas de vacaciones.

Narrador: Nada quedaría de aquel último verano que con tanto cuidado había hilvanado.
Una noche se cayó en la escalera del sótano. Notó que tenía la mano derecha hinchada y que le dolía. Pero no fue buscar el cóctel, sino que se dirigió a la cocina y preparó café. No podría conducir. Tendría que llamar a un taxi. Luego los hechos se desarrollaron por sí solos. El médico le explicó cuáles eran los dos huesos que se le habían rotos; le dijo que no habría que operar ni escayolar, que un vendaje fuerte bastaría y que todo volvería a arreglarse. El viejo taxista que le había llevado hasta el hospital llevó también de vuelta a casa. Estaba amaneciendo y, cuando se bajó del taxi, los pájaroa alborotaban igual que aquella mañana en la que preparó las tortitas. ¿Cuánto tiempo hacía de eso? ¿Tres semanas?
Thomas: Sin ti no puedo vivir. No es por la ropa limpia; la lavo, la seco y la doblo. Tampoco es por la comida; voy a la compra y cocino. Limpio la casa y riego el jardín. Sin ti no puedo vivir porque sin ti no hay nada. Todo lo que he hecho en mi vida he podido hacerlo porque te tenía a ti. Si no te hubiera tenido, no habría logrado nada. Y desde que no te tengo conmigo, me he ido degradando hasta lo más profundo. Afortunadamente he tenido un accidente y entrado en razón. Siento muchísimo no haberte dicho nada sobre mi situación, haber planificado yo solo cómo poner fin a mi vida y haber querido decidir solo cuándo no podía soportar más. Ya sabes cuál es el cofre que heredé de mi padre. Voy a meter el frasco en ese cofre y a meterlo en el frigorífico. La llave va con esta carta, de modo que sin ti no podré decidir nada. Cuando las cosas ya no sean soportables, tomaremos la decisión juntos. Te quiero.