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Relatos Breves.
"Napoleón y el sastre” es un cuento que explota el cliché narrativo de los tres deseos concedidos tan usado en los cuentos fantásticos o maravillosos. El esqueleto narrativo responde al clásico cuento de tradición oral trasplantado en este caso a un personaje histórico: Napoleón. Un elemento superior es ayudado por otro de rango inferior. Como recompensa, áquel le concede la realización de tres deseos. El juego de peticiones causa conflictos que posibilita un amplio abanico de relatos: conflictos entre los protagonistas, por los equívocos deseos concedidos, con el sentido de las palabras, internos con la conciencia... El desenlace, fruto acumulativo de la secuencia de deseos, suele llevar aparejado una moraleja o enseñanza.
Ficha de audio:Texto: Anónimo.Narrador: Javier Merchante.Músicas: Akashic Records y Novem Music.






Napoleón y el sastre.
(Anónimo)

Cuentan que tras su desastrosa derrota en Rusia, Napoleón se vio obligado a huir a toda prisa en retirada. Los soldados del ejército enemigo lo perseguían y no querían dejar pasar la oportunidad de acabar con su principal adversario en ese momento de debilidad. Se dice que en su huida, viéndose acorralado, tuvo que refugiarse en la casa de un viejo sastre judío. Cuando llegó allí, en medio de la noche, suplicó que lo ocultaran de sus perseguidores.
El viejo judío, que no tenía la menor idea de quien era, se apiadó de él y decidió esconderle en un cesto en el que se amontonaban una gran cantidad de ropas viejas.
Apenas unos minutos después, se abrió la puerta y un grupo de soldados apareció preguntando por si alguien había buscado refugio en aquella casa. El judío negó con la cabeza e invitó a los soldados a registrar su casa. Los soldados buscaron precipitadamente en todas las habitaciones, incluso llegaron a clavar sus bayonetas en aquel cesto de ropa, pero finalmente, continuaron su búsqueda en otro lugar.
Cuando Napoleón creyó estar seguro abandonó su escondite y pálido como un fantasma se dirigió al sastre para agradecerle su ayuda:
-Ahora puedo decirte que yo soy Napoleón. Y como me has salvado de la muerte segura, puedes pedirme tres cosas, y te las concederé.
Por un momento el viejo judío no supo que contestar, pues siempre había sido una persona de necesidades sencillas, pero tras pensarlo un tiempo dijo:
-Hace dos años que tengo goteras en mi tejado. Estoy muy mayor para repararlas y si no hago algo pronto el tejado se derrumbará sobre mi cabeza. ¿Podrías conseguir que alguien lo arreglara?
Napoleón lo miró con sorpresa y le dijo:
-Qué torpe eres; por supuesto que voy a mandar a arreglarte el techo. Pero. ¿por qué me pides cosas tan triviales? ¿Por qué no me pides algo más importante? No te olvides que ya tienes tan sólo dos cosas que pedirme.
Al sastre le dieron vueltas muchos pensamientos en la cabeza. ¿Qué cosas buenas podría todavía pedir al emperador? Después dijo:
-Aquí en la misma calle hay otra sastrería, es mi competencia y me quita todos mis clientes. ¿Podrías arreglar que él se mudase a otro lado?
-Eres tonto -le contestó Napoleón- Voy a hacer eso por ti. Pero no te olvides, que ya no tienes más que un solo deseo.
Al escuchar estas palabras, el judío empezó a pensar muy concentrada e intensamente. Después sonrió y le dijo:
-Quisiera saber, ¿cómo te sentiste cuando, escondido en el cesto cubierto de ropas viejas, los soldados agujerearon la manta con sus bayonetas?
Al escuchar sus palabras Napoleón enfureció.
-Pero, ¿cómo se te ocurre preguntar tal desfachatez? Definitivamente tú no puedes ser más que un viejo loco que no merece vivir. Ordenaré inmediatamente que te fusilen.
El pobre sastre lloró y suplicó el perdón del emperador, pero Napoleón parecía fuera de sí, y sus soldados lo ataron dispuestos a cumplir las órdenes. Sin duda aquellas extrañas peticiones habían ofendido gravemente al emperador de Francia.
Aquella misma madrugada, el sastre fue sacado de su celda y conducido ante un grupo de soldados armados con fusiles. Le vendaron los ojos y lo ataron a un árbol. El capitán encargado de la ejecución emplazó a sus hombres y empezó la fatídica cuenta: “Preparados, apunten,…” Iba a pronunciar la última palabra cuando un oficial que había permanecido atento a toda la operación detuvo la ejecución.
Los soldados bajaron sus armas y el oficial se acercó al viejo. Mientras le quitaba la venda de los ojos le dijo: “El emperador te perdona y te manda esta carta.”
El viejo sastre tomó la carta con sus manos temblorosas y la abrió. La carta decía así: “He sentido exactamente lo que tú ahora. Tu tercer deseo se ha cumplido.”
Desde aquel día el sastre conservó como un tesoro aquella carta y… jamás, jamás olvidó lo que había aprendido.