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En La otra gente, Álvaro Cunqueiro (1.911-1.981), nos retrata a cincuenta personajes que suponen una indagación en “el secreto, los secretos del ser gallego”, según palabras del autor. Pero esta galería de seres extraños que habitan un mundo de fragas, brañas, pastizales, montes... son, en realidad, la expresión de su vasta y desbordada imaginación, poblada de sueños. Todos ellos bañados por su fina ironía y donde la escritura se vuelve relato contado, habla.En la entrevista que en el año 1.978 Joaquín Soler Serrano le realizara para el programa A fondo de T.V.E., Cunqueiro comentaba a cuenta de los personajes retratados en su libro:Soler Serrano: La otra gente...Cunqueiro: Sí, este libro salió primeramente en gallego con el título de “Xente de aqui e de acola” . Son unos cuarenta retratos de gente gallega, la más de ella alunada y mágica, creedora en prodigios, depositaria ella misma de poderes mágicos y creo que, sin duda ninguna, el conjunto da un retrato muy veraz de un cierto de gallego; de ese gallego creedor y mágico del que he hablado tantas veces.
Penedo, cazador:Penedo de Oirán, con una escopeta de segunda mano, se echa al monte para hacerse cazador a los cincuenta años. Allí tendrá un encuentro con un aparecido, el viudo de Couzá, encarnado en una pega.

Ficha de audio:Texto: Álvaro Cunqueiro, La otra gente.Narrador: Javier Merchante.Músicas: Raúl Grillo y David Ospina .






PENEDO, CAZADOR.

Penedo de Oirán compró una escopeta de segunda mano, y se echó al monte, novato cazador a los cincuenta años cumplidos. Tenía muy buena vista, y creía que era lo más importante para triunfar en la caza. Le enseñó algo un maes- tro salmantino que estuviera destinado en su aldea. Un día cualquiera, Penedo se levantó temprano y fue a los montes del Pereiro a cazar a la espera. Se sentó medio escondido entre unas ginestas, escopeta dispuesta. Estuvo sin moverse una hora larga, aguardando, sin que le pasara nada por de- lante de los ojos. Aquellos no eran campos de Salamanca. No se movió, no fumó, ni silbó. Había decidido seguir quieto y a la espera hasta la hora del almuerzo, cuando vino una pega a posársele en el cañón de la escopeta. Penedo no se movió. La pega paseaba por el cañón, limpiaba en él el pico, se desperezaba abriendo las alas, abrió y cerró la larga cola siete veces seguidas, y se sentó en el cañón mirando a Penedo. Esto aseguró Penedo, que se había sentado. Penedo no le podía disparar, que la pega estaba sentada en el cañón. Lo que haría el disparo era alarmarla, pero quizás asustase a la caza que hubiese por allí. La pega miraba para Penedo, ponía sus ojos en los del cazador. Penedo comenzaba a marearse, la mirada puesta en las inquietas pupilas de la pega, que cambiaban de color, ya doradas, ya negras, ya rojas. Al fin, la pega habló:
—¡Estos no son tiempos, Penediño!
Penedo no supo qué responderle. La pega rascó dos o tres veces el pico en el cañón de la escopeta, y de allí saltó a la boina descolorida de Penedo, antes de salir volando. Penedo suspendió la caza, disparó al aire dos o tres veces para que lo oyese el maestro salmantino, y regresó a Oirán.
Decidiera volver al monte con dos escopetas, que le pediría prestada la suya al cura, y mientras la pega, que volvería, se posaba en el cañón de una de ellas, Penedo le dispararía con la otra. Aunque la pega fuese el alma del viudo de Couzá, que fuera gran cazador, y a quien en vida le molestaba encontrar otros cazadores en el monte, y andaba por él hablando con sus perros Prim y Prats. Siempre los tenía de estos nombres. Penedo volvió al monte con las dos escopetas, y se escondió en el mismo lugar que la primera vez. Poco más de media hora tardó en aparecer la pega, que no se posó en ninguna de las dos escopetas, sino en la boina de Penedo.
—¡No me hagas trampas, Penedo, hombre, que soy una pobre!
Penedo posó las dos escopetas en el suelo. La pega descendió de su boina y se posó en una de ellas.
—¡Aquí no cazas nada, Penediño! ¡Como no me vuelva yo conejo!
Penedo deshizo el paquete de la merienda y le dio un poco de queso a la pega. Y mientras la convidaba le hablaba en castellano, tratando de convencerla, pues que ella lo había sugerido, de que se convirtiese en conejo.
—¡Nada de matar! ¡Por el chiste de ver el cambio!
Y que si se convertía en conejo, que se pusiese allá abajo, donde en su tiempo son los Linares azules, para que Penedo pudiera ensayar la vista. La pega, harta de queso, dijo que sí, saltó delante de Penedo, giró sobre la pierna izquierda, y en un santiamén se volvió conejo, arrancando sin prisa hacia los Linares. Penedo, cuenta él, cogió las dos escopetas y disparó los cuatro tiros a un tiempo. Cayó hacia atrás, pero bien vio cómo el conejo pegaba un bote y caía muerto. Penedo fue a recoger la pieza, y halló que era solamente una piel. Una piel seca, atada con una goma de irrigador. Quitó la goma Penedo por ver lo que había dentro de la piel, y cayeron al suelo unos papeles. Sí, era cosa del viudo de Couzán: unas cartas, un pagaré, una receta del médico de Abodín y la cuenta del entierro suyo, caja incluida, y el armonium, que lo llevaran a lomo de mula desde Mondoñedo. El viudo escribió a pie de cuenta: «Me parecen muchos cuartos. Edelmiro». Firmado y rubricado. Tenía que haber escrito aque- llo después de muerto. Penedo llevó la piel y los papeles a una sobrina del viudo. La sobrina fue de consulta de abogado a Lugo, y cobró el pagaré. El cura de Oirán no vio inconveniente alguno en meter la piel de conejo en el nicho del viudo. Y Penedo vendió la escopeta a uno de Ferreira, y dijo que cazase el diaño.