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En Pulgarcita, como en otros cuentos -recordemos nuestro Garbancito-, el deseo de un matrimonio o una mujer que desean tener un hijo se ve cumplido. En este caso, la niña no llega a ser más larga que un pulgar; de ahí, su nombre de Pulgarcita.
Cuento adaptado de Hans Christian Ándersen con ilustraciones de Eric Kincaid. Editorial Everest, 1988.

Reparto:
Narradora/Bruja/Golondrina: Antonia Zurera.
Sapo/Abejorro: Jesús Rosas.
Ratón/Topo: Javier Merchante.

Músicas: Benjamin Moreau y Andreas Mayer (Jamendo).

Ilustraciones: Eric Kincaid.









Pulgarcita.


(Hans Christian Andersen.Adaptado)

Narrador: Érase una mujer que anhelaba tener un niño. Un día decidió acudir a una vieja bruja y ésta le dijo:

Bruja: Ahí tienes un grano de cebada. Plántalo en una maceta y verás maravillas.

Narrador: Sembró el grano y brotó una flor grande y espléndida, parecida a un tulipán, que tenía los pétalos cerrados. La mujer besó aquellos pétalos rojos y amarillos y se abrió la flor con un chasquido, pero en el centro del cáliz se veía una niña pequeñísima, no más larga que un dedo pulgar; por eso la llamaron Pulgarcita. Le dio por cuna una preciosa cáscara de nuez y de día jugaba navegando sobre una hoja de tulipán que flotaba a modo de barquilla.

Una noche, se presentó un sapo, que saltó por un cristal roto de la ventana.

Sapo: ¡Sería una bonita mujer para mi hijo!

Narrador: El sapo se llevó dormida a Pulgarcita en su cáscara de nuez y la depositó en un pétalo de nenúfar en medio del arroyo para que no escapara, mientras él y su hijo le preparaban su habitación debajo del cenagal. Cuando se hizo de día despertó la pequeña, y al ver donde se encontraba prorrumpió a llorar amargamente. Los pececillos que nadaban se reunieron todos en el agua, alrededor del verde tallo que sostenía la hoja, lo cortaron con los dientes y la hoja salió flotando río abajo, llevándose a Pulgarcita fuera del alcance del sapo.

Una bonita mariposa vino a pararse sobre la hoja. Pulgarcita se desató el cinturón, ató un extremo en torno a la mariposa y el otro a la hoja; y así la barquilla avanzaba mucho más rápida.

Más he aquí que pasó volando un gran abejorro y rodeó con sus garras su cuerpecito y fue a depositarlo en un árbol. Otro abejorro al verla dijo:

Abejorro: ¡Sólo tiene dos piernas! ¡No tiene antenas! ¡Uf, que fea! Deja que se vaya.

Narrador: La bajó al pie del árbol, y la depositó sobre una margarita. Todo el verano se pasó la pobre Pulgarcita completamente sola en el inmenso bosque. Para comer recogía néctar de las flores y bebía del rocío que todas las mañanas se depositaba en las hojas. Pero luego vino el invierno, el frío y largo invierno. Los pájaros se marcharon y los árboles y las flores se secaron. Pulgarcita pasaba un frío horrible, pues tenía todos los vestidos rotos. Se envolvió en una hoja seca, pero no conseguía entrar en calor; tiritaba de frío.

Llegó frente a la puerta del ratón de campo, llamó a la puerta como una pordiosera y pidió un trocito de grano de cebada.

Ratón: ¡Pobre pequeña! Puedes pasar el invierno aquí, si quieres. Cuidarás mi casa, y me contarás cuentos, que me gustan mucho.

Narrador: Un día le dijo el ratón:

Ratón: Hoy tendremos visita. Mi vecino suele venir todas las semanas a verme. Es aún más rico que yo; tiene grandes salones y lleva una hermosa casaca de terciopelo negro. Si lo quisieras por marido nada te faltaría. Sólo que es ciego; habrás de explicarle las historias más bonitas que sepas.

Narrador: El topo vino, en efecto, de visita y se enamoró de la niña por su hermosa voz. Fueron a ver su casa y en un corredor se encontraron una golondrina muerta. El topo, con su corta pata, dio un empujón y dijo:

Topo: Ésta ya no volverá a chillar. ¡Qué pena, nacer pájaro! A Dios gracias, ninguno de mis hijos lo será. ¡Vaya hambre la que pasan en invierno!

Narrador: Aquella noche Pulgarcita no pudo pegar un ojo; saltó de la cama, fue en busca de la golondrina y la cubrió con hojas y algodón. Aplicó entonces la cabeza contra el pecho del pájaro y tuvo un estremecimiento; le pareció como si algo latiera en él. Y, en efecto, era el corazón, pues la golondrina no estaba muerta. El calor la volvía a la vida. Regresó al día siguiente y ya tenía abierto los ojos. Durante todo el invierno la cuidó hasta que recuperó sus fuerzas.

Golondrina: ¡Gracias, mi linda pequeñuela! Ya he entrado en calor; pronto habré recobrado las fuerzas y podré salir de nuevo a volar bajo los rayos del sol.

Narrador: Entonces la golondrina le contó que se había lastimado un ala en una mata espinosa, y por eso no pudo seguir volando con la ligereza de sus compañeras, las cuales habían emigrado a las tierras cálidas. Cayó al suelo, y ya no recordaba nada más, ni sabía cómo había ido a parar allí.

Cuando llegó la primavera, el sol comenzó a calentar la tierra y Pulgarcita hizo un agujero en el techo del túnel para que la golondrina pudiera salir. Sabía lo que le esperaba: la boda con el topo, a quien no quería; la soledad y la oscuridad de aquellas galerías. Entonces la golondrina revoloteando en el aire le dijo:

Golondrina: ¡Vamos! Ponte sobre mi espalda y te llevaré volando conmigo.

Narrador: Y así fue cómo la golondrina llevó a Pulgarcita al lugar donde ellas hacen sus nidos; el mismo lugar, donde las personas diminutas como ella, viven en el interior de hermosas flores blancas.