Sobre el amor.

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Antón Chejov.

La lluvia impedirá que los invitados de Aiyohin puedan pasear por su finca a la que él le ha dedicado toda su vida. Todo convoca a charlar y a contar historias. En el desayuno de esa mañana lluviosa, Aiyohin, acostumbrado a la soledad, aprovecha la ocasión para interrogarse sobre la naturaleza del amor; una tierna justificación que delata su deseo de hablar de su propia experiencia amorosa.
Relato de Antón Chejov, adaptado.

Ficha de audio:
Reparto:
Narrador: Javier Merchante.
Aiyohin: Chema del Barco.
Luganovich: Joaquín Foncueva.
Anna: Antonia Zurera.
Música: Marc Teichert y Charlotte Machut (Jamendo).
Duración: 12:45.

Sobre el amor by jmerchante


Sobre el amor.
(Antón Chejov, adaptado).

Narrador: Mientras desayunábamos subió Nikanor, el cocinero, a preguntar que deseaban los visitantes para la comida. Aiyohin nos puso al corriente de la peculiar relación sentimental que áquel mantenía con su bella pareja. Entonces, se empezó a hablar del amor.

Aiyohin: Cómo nace el amor, por qué Pelage ya no se ha enamorado de alguien más semejante a ella en cualidades internas y externas, y por qué se ha enamorado precisamente de ese Nikanor..., todo eso es desconocido y sobre ello se puede discutir todo lo que se quiera. Hasta ahora se ha dicho del amor sólo una verdad inconclusa, a saber, que es "el gran misterio". La explicación que podría aplicarse a un caso no es aplicable a una docena de otros; más valdría explicar cada caso por separado sin meterse en generalizaciones.

Narrador: Por lo que decía daba la impresión de querer contar algo. Las personas que viven solas llevan por lo común en la mente algo de que de buena gana quisieran hablar. En el campo, se desahogan con sus visitantes. Se veía por la ventana un cielo gris y árboles empapados de lluvia; con tiempo así no se podía ir a sitio alguno y no quedaba otro remedio que contar y escuchar historias.

Aiyohin: Vivo en Sofino y soy agricultor desde hace largo tiempo, desde que
terminé mis estudios en la universidad. Por educación y poco apego al trabajo manual, diríase que por inclinación, soy hombre de estudio. Pero cuando vine aquí pesaba sobre la finca una enorme hipoteca, y decidí no irme de aquí y ponerme a trabajar hasta pagar la deuda. Así lo hice y comencé a trabajar en la finca. No dejé intacta una sola pulgada de tierra y el trabajo cundió de lo lindo.
En los primeros años me eligieron juez de paz. De vez en cuando tenía que ir a la ciudad y tomar parte en las sesiones del juzgado; eso me entretenía. Cuando uno ha estado viviendo dos o tres meses sin salir de aquí acaba por echar de menos la levita negra. Y en el tribunal del distrito había hombres cultos con quienes se podía hablar. Después de haber dormido en un trineo
y comido en la cocina, el hecho de sentarse en un sillón, con ropa limpia, en zapatos blandos, con la cadena del cargo al pecho... ¡vaya lujo!
En la ciudad me recibían cordialmente e hice amistades con facilidad. Y de todas éstas la más íntima y la más agradable fue la que entablé con Luganovich, ayudante del presidente del tribunal del distrito. Ustedes dos lo conocen: persona sumamente encantadora.
Un día Luganovich me miró y dijo:

Luganovich: ¿Sabe lo que le digo? Que se venga a comer conmigo.

Aiyohin: Aquello era inesperado. Fui a la comida y allí se me ofreció la ocasión de conocer a Anna Alekseyevna, esposa de Luganovich. Ella era entonces muy joven todavía, tendría no más de veintidós años, y hacía seis meses que había dado a luz a su primer niño. Esto es ya agua pasada; pero entonces, en la comida, veía a una mujer joven, hermosa, bondadosa, inteligente, fascinante, una mujer como no había visto nunca antes.
Por algún detalle, por la manera, por ejemplo, en que ambos preparaban juntos el café y el modo en que se entendían con medias palabras, colegí que vivían en paz y buena compañía y se alegraban de tener a un invitado.
Esto ocurrió a comienzos de la primavera. Pasé el verano entero en Sofino, sin salir de allí, y ni siquiera tuve tiempo para pensar en la ciudad, pero el recuerdo de aquella mujer rubia permaneció fijo en mi mente durante todo ese tiempo. No pensaba en ella, pero era como si su leve sombra estuviese alojada en mí alma.
En el otoño se dio en la ciudad una función teatral. Allí vi a Anna Alekseyevna y de nuevo tuve la misma impresión, irresistible y sorprendente, de belleza, de
ojos hermosos y acariciantes, y la misma sensación de proximidad. Me senté junto a ella y luego salimos al vestíbulo.

Anna: Ha adelgazado usted. ¿Ha estado enfermo?
Aiyohin: Sí, he tenido reuma en el hombro, y en tiempo lluvioso duermo mal.
Anna: Tiene cara de fatiga. En la primavera parecía usted más joven, más
brioso. Estaba entonces animado y hablaba mucho; era usted persona muy interesante, y confieso que me fascinó un poco. Por alguna razón he pensado en usted a menudo durante el verano, y hoy cuando me preparaba a venir al teatro se me ocurrió que quizá lo vería.

Aiyohin: Al día siguiente almorcé en casa de los Luganovich. Después de esto, cada vez que iba a la ciudad nunca dejaba de ir a ver a los Luganovich. Se acostumbraron a mí y yo me acostumbré a ellos. Iba a verlos sin anunciárselo, como si fuera miembro de la familia.

Anna: ¿Quién está ahí? ¿Por qué no lo hemos visto en tanto tiempo? ¿Le ha sucedido algo?

Aiyohin: Su mirada, la mano fina y elegante que me alargaba, su vestido casero, su peinado, su voz, sus pasos, todo producía siempre en mí la misma impresión de algo nuevo y extraordinario, de algo muy significativo en mi vida.
Les preocupaba que yo, hombre culto, en vez de dedicarme a la literatura, viviera en el campo, trabajara mucho y nunca tuviera un ochavo. Mostraban especial ternura cuando me apremiaba algún acreedor o no podía pagar a tiempo una deuda. Ambos susurraban algo junto a la ventana, luego se acercaban a mí y me decían con voz grave:

Luganovich: Si necesita usted dinero en este momento, mi mujer y yo le rogamos que no se avergüence de pedírnoslo prestado.

Aiyohin: No me sentía feliz. Pensaba en ella, tratando de comprender el misterio de una mujer joven, hermosa e inteligente que se había casado con un hombre tan poco interesante y mayor; trataba de comprender el misterio de ese hombre insulso, bonachón, ingenuo, que juzgaba las cosas con tan fastidioso buen sentido. Yo seguía empeñado en comprender por qué ella había conocido precisamente a él antes que a mí, y por qué había ocurrido en nuestras vidas tan horrible equivocación.
Y cada vez que llegaba a la ciudad veía en los ojos de ella que me había estado esperando; y ella me confesaba que desde esa mañana había tenido un presentimiento raro, había adivinado que yo vendría.
Hablábamos largo y tendido, callábamos y no nos confesábamos nuestro amor, sino que lo disimulábamos tímida y celosamente. Temíamos todo cuanto pudiese revelar nuestro secreto aun a nosotros mismos. Me parecía increíble que este amor callado pudiera romper el curso feliz de la vida de su marido,
de sus hijos, de todo aquel hogar en que tanto me querían y tanto confiaban en mí. ¿Sería ése un proceder honrado? Ella me seguiría, pero ¿a dónde? ¿A dónde podría llevarla? Sería trasladarla de una vida monótona a otra tan monótona o más que la otra. ¿Y cuánto tiempo duraría nuestra felicidad? ¿Qué sería de ella si yo cayera enfermo, o muriera, o simplemente si dejáramos de amarnos?
Mientras tanto iban pasando los años. Anna Alekseyevna tenía ya dos niños. Cuando yo iba a casa de los Luganovich los niños gritaban que había llegado el tío Pavel Konstantinych y se me colgaban al cuello. Anna Alekseyevna y yo íbamos juntos al teatro. Nos sentábamos juntos, nuestros hombros se tocaban. Yo, sin decir nada, tomaba de sus manos los gemelos y en ese momento sentía que ella estaba muy cerca de mí, que era mía, que no podíamos vivir uno sin el otro.
Llego el momento en que hubimos de separarnos. Luganovich recibió un nombramiento en una de nuestras provincias occidentales. Quedó acodado que a fines de agosto iría Anna Alekseyevna a Crimea por mandato de los médicos, y que poco después Luganovich y los niños saldrían para la provincia occidental. Había venido mucha gente a despedir a Anna Alekseyevna. Cuando dijo adiós a su marido y sus hijos y sólo quedaba un instante para el tercer toque de campana, corrí a su compartimiento para poner en la red de equipajes una cesta de la que estaba a punto de olvidarse; y fue necesario despedirme de ella. Cuando nuestros ojos se encontraron, nuestra resistencia se vino abajo. La abracé, ella apretó su cabeza contra mi pecho y rompió a llorar. Besando su rostro, sus hombros, sus manos húmedas de llanto le confesé mí amor, y comprendí cuan inútil, mezquino y engañoso había sido todo lo que había impedido que nos amásemos. La abracé por última vez, le apreté la mano y nos separamos para siempre. El tren había arrancado ya. Pasé al compartimiento contiguo y me senté en él llorando hasta la estación siguiente. Desde allí volví a pie a Sofino.

Narrador: Mientras Aiyohin contaba esta historia había cesado de llover y salido el sol. Desde el balcón, el río brillaba como un espejo. Admiraba esta hermosa vista mientras lamentaba que este hombre de ojos bondadosos e inteligentes tuviera que dar vueltas como una veleta en esta finca enorme. Y pensaba en el rostro afligido de Anna Alekseyevna cuando él se despedía de ella en el compartimiento y le besaba la cara y los hombros.