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Relatos Largos.
Sopa de pescado, de Francisco Rodríguez Criado, comienza a eso del mediodía y termina por la noche, cuando todo parece indicar que va a descargar la tormenta. Espacialmente se desarrolla a lo largo de una calle, con su ida y vuelta, y en dos casas situadas en los extremos del trayecto; dos casas que no se hablan. Hay un Macguffin, un plato caliente de sopa de pescado, que es el que mueve la acción; tres conflictos: uno, político y dos, familiares; un país, Cuba, cuando “los rusos se están yendo al carajo”; y un conjunto de personajes que se cruzan en el peregrinaje del incorregible don Augusto Pacheco hacia la ineludible sopa de pescado dominical, meta semanal de sus necesidades y costumbres alimenticias.

Ficha de audio:
Texto original: Francisco Rodríguez Criado.
Versión: Javier Merchante.

Narrador: Pablo Domínguez.
D. Augusto: Javier Merchante.
Nicolás: Adolfo Zarandieta.
Ernesto: Juan José Ruíz.
D. Esteban, hermano de D. Augusto: Jesús Rosas.
Doña Clara, mujer de D. Augusto: Mª Carmen de las Casas.
Felipe, tabernero: Jorge Tomé.
Celia, mujer de Andrés: Pilar Vladés.
Niña, hija de Celia: Mª José Roquero.
Andrés, nieto de D. Augusto: Paco Cardona.
Augusto, hijo de D. Augusto: Paco Vila.

Músicas: Piazzola_Oblivion. Paquito de Rivera_Contradanza y Vals Venezolano. Phil_Dream's. Soed Araygua, Xiuxiueig Lluna. Armas Järnefelt_Versese.






Sopa de pescado.
(Francisco Rodríguez Criado. Versión)

Narrador: De piel blanquecina y marchita, apenas le quedaban dos inviernos para los ochenta. Bajo las pestañas tenía dos ojos: uno suyo, el otro prestado. La barbilla, rugosa y cansada, le colgaba desesperadamente; el labio inferior, plano como una pista de aterrizaje, sobresalía notablemente; los ojos, pequeños y brillantes, emanaban un grado de ternura para nada acorde con el resto de su anatomía; y sus manos, temblorosas, denotaban la eficacia del paso del tiempo.
Un hombre de costumbres: se vanagloriaba de no haber pasado un solo domingo de su vida sin su sopa de pescado. No podía faltarle.
Don Augusto: Antes prendo fuego a este maldito pueblo.
Narrador: Sus rasgos físicos y su fuerte temperamento, le habían convertido en el hombre más conocido del lugar. También de eso se jactaba, de no pasar nunca desapercibido:
Don Augusto: Soy más famoso que el mismísimo Castro.

Narrador: Aquella mañana dejó que su silueta desganada se deslizase por la calle principal, aún sin asfaltar pese a las promesas de los políticos.

Sopa de pescado.

Nicolás: Ahí viene el abuelo. Y viene cargado.
Ernesto: ¿Crees que le dará de comer?
Nicolás: Por mi santa madre que hoy no habrá sopa.
Ernesto: ¿Qué lleva en la otra mano?
Nicolás: Una botella de gasolina..., ¿no la hueles? ¡Don Augusto! ¿Dónde va usted?
Don Augusto: Ya veo que seguís holgazaneando.
Nicolás: No se apure usted, amigo, que hoy es domingo.
Don Augusto: Para vosotros siempre es domingo. Y yo no tengo amigos.
Ernesto: ¿Por qué no se toma un vinito con nosotros?
Don Augusto: No puedo, es la hora de la comida.
Nicolás: Pues su casa está en la otra dirección.
Don Augusto: Hoy como fuera de casa, como los ricos… si es que hay ricos en este país de mierda.
Ernesto: ¿Tú que crees?
Nicolás: Hoy no habrá sopa. Tan seguro como que vivo en la república más grande del Caribe. Un tipo duro, no te jode.

Don Esteban: ¿Cómo va la cosa?
Don Augusto: Hoy hace cuatro días.
Don Esteban: ¿Vas a pedirle perdón?
Don Augusto: ¡¿Pedirle perdón?! ¡Por todos los santos! Como que me llamo Augusto Pacheco García que no voy pedirle perdón. Un Pacheco nunca pide perdón.
Don Esteban: ¿Qué me dices tú de los Pacheco, viejo testarudo?
Don Augusto: …Y ella una desagradecida. Eso me pasa por casarme con una negra.
Don Esteban: ¿Y qué hay de tu hijo?
Don Augusto: Yo no tengo hijos.
Don Esteban: ¿Entonces?
Don Augusto: ¡Entonces nada! ¿A qué vienen tantas preguntas? ¿Tengo yo pinta de que me gusten tantas preguntas? Voy por mi sopa de pescado…
Don Esteban: Te vas a morir solo, ya verás.
Don Augusto: Como todos; nos vamos de este mundo como vinimos: solos. Y no me des más la monserga, que no tengo quince años.
Don Esteban: ¡Quince años, quince años, maldito testarudo…!
Don Augusto: ¡Viejos! ¿Es que no puede uno dar un maldito paseo sin que se le arrime un viejo entrometido?

Narrador: Se le olvidaba que había intimado estrechamente con aquel “viejo” desde la infancia. No en vano, era su hermano.
Y la Negra, como él la llamaba, era su mujer, que faltaba del hogar desde hacía cuatro días. Sólo habían tenido un hijo: Matías, con quien él no se hablaba desde hacía once años.
Don Augusto: ¿Para qué quiero hablar con un castrista… y, además, mulato?
Narrador: Allí era donde se dirigía ahora, a casa de Matías.
La Negra, después de tantos años de sumisión y resignada fidelidad, había rescatado su orgullo de lo más profundo de su alma al abandonar la casa cargada con una desvencijada maleta de piel en la que había guardado toda su ropa y la única fotografía que conservaba de su difunta madre.
Doña Clara: Hasta los negros tenemos sentimientos.

Felipe: ¡Don Augusto, y ahora qué…! Los rusos se están yendo al carajo.
Don Augusto: Cuéntaselo a nuestros gobernantes. Nos van a embargar hasta los mocos.

Doña Clara: ¡No le abras la puerta, que esto no es un hostal!
Don Augusto: ¡Pues como no abráis, esto no va a ser ni un hostal ni va a ser nada!
Celia: ¡Doña Clara, que creo que quiere quemarnos la casa!
Doña Clara: ¡Ese malandre no prende ni un cigarro! No le des bola al pájaro de mal agüero, y que se vaya ya.

Don Augusto: ¿Y tú quién eres?
Celia: Soy la Celia, la mujer de su nieto.
Don Augusto: Ah.
Celia: Usted dirá.
Don Augusto: Hoy es domingo.
Celia: ¿Y?
Don Augusto: Los domingos siempre hace mucha hambre…
Celia: Acompáñeme, que voy a la cantina a comprar un litro de vino. Pero deje ahí la botella, que el vino y la gasolina no hacen buenas migas.
Don Augusto: ¿Qué dice La Negra?
Celia: Que es usted un villano.
Don Augusto: Eso ya lo he oído.
Celia: Que ya no le aguanta. Y que no quiere verle en la vida.
Don Augusto: Maldita loca: después de medio siglo se pone a mirarle la dentadura al caballo.

Celia: Buenas tardes, Felipe.
Felipe: ¿Qué te pongo?
Celia: Un litro de vino.
Felipe: ¡Vaya una buena moza que se ha echado hoy…!
Don Augusto: ¿Qué pasa… acaso has visto a algún Pacheco casarse con una mujer que no fuese hermosa? Menuda vista tenemos para eso. Hasta yo, que tengo un ojo de cristal.
Felipe: Jajajaja... ¡Qué hombre! Es genial.

Celia: Haré lo que pueda.
Don Augusto: ¿Para qué?
Celia: Para que la señora le deje entrar.
Don Augusto: ¿Qué hay de comer hoy?
Celia: Sopa de pescado.
Don Augusto: Gracias.
Don Augusto: No se merecen: es la primera vez que hablo con usted, pero ya le quiero un poco.
Don Augusto: La juventud es lo único que puede salvar a este país de tercermundistas.
Celia: Y a su señora también la quiero; a ella más.
Don Augusto: De joven era como tú: no había ninguna mujer tan guapa como ella. ¡Y cómo cocinaba! Una gran mujer.
Celia: Y entonces… ¿por qué no la trata como se merece?
Don Augusto: Si ha vivido todos estos años conmigo, no se merece demasiado.
Celia: La señora dice que usted también era muy buen mozo de joven.
Don Augusto: ¡Qué sabrá ella cómo era yo! Su memoria no da para tanto.
Celia: ¿Me deja que le dé un beso?
Don Augusto: ¿Un beso?
Celia: Sí, un beso. ¿Tiene usted miedo?
Don Augusto: ¿Miedo, yo?
Celia: Así lo parece.

Niña: ¡Mamá!
Celia: ¡Mi niña!
Niña: Mamá, ¿y este quién es?
Celia: Este señor es el abuelo de papá.
Niña: ¿Y por qué tiene un ojo marrón?
Celia: Jajaja...
Don Augusto: ¿Te gustan los caramelos? Son de café. Es lo único que tenemos en este maldito país: azúcar y café… Y ancianos.
Niña: Gracias.
Celia: Ve y dile a la abuelita que ponga otro cubierto. Hoy somos uno más a la mesa.
Don Augusto: No me dejará entrar.
Celia: No se preocupe. La niña se encargará de ello y ya tendremos ganada la primera batalla. Vamos.
Don Augusto: Lo que no consiga una mujer bonita…

Andrés: Abuelo, ¿qué le parece la niña? Ya está aprendiendo a leer y a escribir.
Don Augusto: Es una Pacheco.
Andrés: ¿Sabe usted que tenemos otro?
Don Augusto: ¿Otro qué?
Andrés: Un bebé. De once meses.
Don Augusto: ¿Un bebé…?
Don Augusto: ¿Cómo se llama?
Andrés: Rosita. Está dormida.
Don Augusto: Entonces quiero verla: los niños no me gustan, pero las niñas sí. ¿Dónde está?
Andrés: Le acompaño, compadre, está en la habitación pequeña.
Celia: Yo también iré con vosotros. Vamos, vente a ver a la hermanita.


Niña: Es mi hermanita, llora mucho por las noches.
Andrés: ¿Y esta, compadre, también es una Pacheco?
Don Augusto: Esta, más que cualquiera de los que estamos aquí.
Matías: ¿Por qué demonios ha venido… es que no sabe que no es bien recibido aquí?
Doña Clara: No sé por qué ha venido, no lo sé….
Don Augusto: Ahora es vuestro deber educar a las dos como se debe, no vaya a ser que alguna os salga comunista, como tu padre.
Matías: No se sulfure usted con la política, que tomos somos iguales.
Don Augusto: Sí, todos somos iguales, pero unos más que otros.
Celia: Vamos, al comedor, la sopa se enfría.

Andrés: Abuelo, gozas de buen apetito. Has comido el segundo plato, el plátano de postre...
Celia: Y ha repetido sopa.
Doña Clara: Aprovecha, no vaya a ser que sea la última sopa de pescado antes de que te mueras.
Celia: ¿Más vino?
Don Augusto: No, que luego no encuentro el camino a casa. En casa hay un gato nuevo, lo vi ayer; es pequeño, lo encontré en las escaleras.
Niña: ¿Y de qué color es?
Don Augusto: Blanco, como tu falda.
Celia: ¿Un cafecito?
Don Augusto: No, me voy, que tengo que regar las plantas. Si no las riego se me mueren.
Doña Clara: ¿Has regado las que hay en el patio?
Don Augusto: Las he regado todas. La grande de la entrada, también.
Doña Clara: ¿La grande de la entrada?
Don Augusto: ¡Sí, la grande de la entrada! ¿Es que te has vuelto sorda de repente?
Doña Clara: ¡Pero si esa es de plástico!
Don Augusto: Pues es la que más me gusta.

Celia: Madre, ¿qué le pasa? La veo triste.
Doña Clara: ¿Crees que le habrá gustado la sopa? Hoy no ha dicho nada al respecto.
Celia: ¡Madre, se ha comido dos platos!

Felipe: Va a llover.
Don Augusto: Sí que va a llover. Y mucho.
Felipe: ¿Hace un vinito?
Don Augusto: No puedo, me voy a descabezar una siesta: tengo que hacer la digestión. Felipe..., ¿y en este pueblo… venden flores?
Felipe: Sí.
Don Augusto: ¿Y chupetes?
Felipe: Pues claro. Hay que ir hasta el final de la calle, a la derecha, donde están los colmados.
Don Augusto: Ah.Me voy para casa, antes de que llueva.
Felipe: Hace bien, usted que puede; a mí aún me queda toda una jornada de trabajo. Hoy sí que va a llover.
Don Augusto: Y mucho.


Don Augusto: Bartolo, Bartolo… ¿Dónde te has metido? ¡Endiablado gato, siempre jugando al escondite! Bartolo, eres el peor gato que he visto en la vida. ¿Es que no me has escuchado? Te estaba buscando.
¿Sabes, Bartolo?, he estado allí. Y he comido la sopa. ¡Ja, qué se creerían ésos; a mí no me conocen; si no, les quemo la casa! Ahora tienen una niña nueva, ¡toda una Pacheco, te lo aseguro, de pies a cabeza, con unas manitas que son como de porcelana y unas mejillas rosadas que no parecen de verdad…! Allí estaba el mamón de mi hijo, el comunista ése…

Don Augusto: Sabía que eras tú: el olor de un negro lo distingo a la legua.
Doña Clara: Vengo a por algo de ropa.
Don Augusto: ¿No quieres descansar antes? ¿Agua fresca?
Doña Clara: Está bien.
Don Augusto: Son de porcelana…
Doña Clara: ¿Qué?
Don Augusto: Que son de porcelana… sus manos… Diminutas. Cuando las tocas parecen que se van a romper…
Doña Clara: Tengo que recoger y marcharme. Se hace tarde.
Don Augusto: Va a llover. Y mucho: mejor que te quedes. Una vieja no puede caminar así como así, bajo la lluvia, como si tuviera veinte años… por muy guapa que sea. Y, además, podrías acompañarme mañana: quiero comprar un chupete.
Narrador: Y cuando ella asintió con la cabeza, y subió con él hasta el dormitorio, y se quitó la ropa, y se puso el camisón, y rezó en silencio, y se acostó en un extremo de la cama para no rozarle, ya no pensaba en nada.
Él, después de una charla consigo mismo, se aproximó a su espalda, la atrajo con sus brazos y le dio un beso donde pudo.
Así estuvieron varios minutos, sin mirarse, hasta que ella se giró y le preguntó con la emoción contenida de aquella niña inocente de catorce años.
Doña Clara: ¿Por qué me dijiste que me quedara? No fue por la lluvia.
Don Augusto: Quería que te quedaras… por la sopa de pescado. No puedo estar cada domingo de caminatas.
Doña Clara: También es mi preferida.
Narrador: Y como ella le conocía, no le extrañó que él se levantase de repente y se fuese hasta la ventana de la habitación. Y que allí, de espaldas a ella, dijera:
Don Augusto: Hoy va a llover más que nunca.
Narrador: No, no le extrañó. Después de toda la vida a su lado no le hacía falta saber que él continuaría en esa postura durante un buen rato, observando una lluvia que a buen seguro no iba a venir.
Se giró sobre sí misma y se dispuso a dormir, sabiendo que del ojo de Augusto Pacheco García, el que no era de color celeste, acababa de brotar algo parecido a una lágrima.