Tristes querellas en la vieja quinta.
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Toda la obra cuentística de Julio Ramón Ribeyro se encuentra recogida en “La palabra del mudo” (Edit. Seix Barral), título paradógico que él justifica en estos términos en carta a su editor: “Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de la palabra, los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo les he restituído este hálito negado y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias.”
De Ribeyro ya hemos presentado un monólogo transeúnte, “Explicaciones a un cabo de servicio”, ahora, después de seis meses donde sólo hemos publicado microrrelatos, abrimos una botella magnun con este cuento de 22 minutos de duración; el proyecto más complejo abordado en esta página.

Ficha de audio.
Reparto:
Narrador: Joaquín Foncueva.
Doña Pancha: Antonia M. Zurera.
Memo: Javier Merchante.
Músicas:
Michael Lambright, Söid'Araygua y Triplexity
Duración: 22:09

Tristes querellas en la vieja quinta by jmerchante

Tristes querellas en la vieja quinta.
(Adaptado. Julio Ramón Ribeyro. La palabra del mudo).

Cuando Memo García se mudó la quinta era nueva, sus muros estaban impecablemente pintados de rosa y las palmeras de la entrada sobrepasaban la talla de un hombre corpulento. Años más tarde el cesped se amarilló, las palmeras dominaron la avenida y manadas de gatos salvajes hicieron su madriguera entre la madreselva. Memo entonces había perdido ya su abundante cabello oscuro, parte de sus dientes, su andar se hacía más lento y moroso y sus hábitos de solterón más reiterativos.
Todo el balneario había además cambiado. De lugar de reposo y mar se había convertido en una ciudad moderna.
Memo ocupó desde el comienzo y para siempre un departamento al fondo de la quinta, donde se alojaba la gente más modesta. Ocupaba una pieza con cocina y baño, extremadamente apacible, pues limitaba con un departamento similar al suyo, pero utilizado como depósito por un inquilino invisible. De este modo llevaba allí, especialmente desde que se jubiló, una vida que se podría calificar de paradisiaca. Había ganado honestamente su vida, había evitado todos los problemas relativos al amor, el matrimonio, la paternidad; no conocía el odio ni la envidia ni la ambición ni la indigencia y su verdadera sabiduría había consistido en haber conducido su existencia por los senderos de la modestia, la moderación y la mediocridad.
Pero los proyectos edénicos que se había forjado para su vejez se vieron alterados por la aparición de doña Francisca Morales.
Primero fue el ruído de un caño abierto, luego un canturreo, después un abrir y cerrar de cajones lo que le revelaron que había alguien en la pieza vecina, esa pieza desocupada cuyo silencio era uno de los fundamentos de su tranquilidad. Para probarlo salió al balcón que corría delante de los departamentos, justo en el momento en que una señora gorda, casi enana, de cutis oscuro, asomaba con un pañuelo amarrado en la cabeza y una jaula vacía en la mano. Le bastó verla para dar media vuelta. Apenas habían tenido tiempo de mirarse a los ojos, pero les había bastado ese fragmento de segundo para reconocerse, identificarse y odiarse.
Mal que bien comenzó a sospechar que se trataba de una vecina soportable, hasta la vez que se ocurrió escuchar una de sus óperas en su vitrola de cuerda. Apenas Caruso había atacado su aria preferida sintió en la pared un ruído seco.
Francisca: ¿Va a quitar esa música de porquería?
Memo quedó helado.
Francisca: Pedazo de malcriado, ¿no se da cuenta de que me molesta con esos chillidos?
Memo: ¡Aguántelos!
En los días siguiente continuó escuchando óperas. Después de algunas protestas como...
Francisca: ¡Ya empieza usted con su fregadera! ¡Me quiere volver loca!
...optaba por irse paseo hasta el atardecer. Memo tenía la impresión de que el enemigo cedía terreno y que esa primera batalla estaba prácticamente ganada.

Una tarde vio llegar a doña Pancha con una enorme caja de cartón que lo intrigó. Al poco rato una voz de hombre llenó la habitación vecina. Era alguien que hablaba de las ventajas del fijador Glostora. Memo se desplomó en su sillón: ¡un aparato de radio! Memo colocó a su Caruso. Su vecina aumento el volumen y Memo la imitó. Aún no se había dado cuenta, pero había empezado la guerra de las ondas.
Esta duró interminables días....
Ambos terminaron por concluír un armisticio tácito. Al fin optaron por escuchar sus aparatos discretamente o por encenderlos cuando el vecino había salido. En definitiva, había sido un empate.
Esto los obligaba sin embargo a vivir continuamente pendientes el uno del otro. Y fue así como Memo notó que su vecina había iniciado un vasto plan de embellecimiento de su habitáculo. Luego, amplió sus proyectos decotativos hacia la galería, llenándose progresivamente de plantas.
Memo terminó por darse cuenta de que eran el inicio de hostilidades muchísimo más sutiles. Adquirió un helecho sembrado en su caja de madera y lo colocó en la galería, al lado de su puerta. Doña Pancha estuvo examinando la planta con una expresión de asco y al fin soltando la carcajada se retiró a su cuarto. Memo se sintió decepcionado. Compró un pequeño ciprés y un cactus serrano; y para redondear su ofensiva, cada vez que regaba su huerta portátil, no dejaba de decir en voz alta:
Memo: Geranios, florecitas de pacotilla. Dalias que apestan a caca. La distinción está en los arbustos de otros climas, en la gran vegetación que nos da la idea de estar en la campiña. Las plantas en maceta, para los peluqueros.
De esta manera, lo que antes era corredor amplio y despejado se había convertido en una pequeña selva que era necesario atravesar con precauciones. Se inició una nueva guerra en la que mutuamente se destrozaban sus plantas.
Francisca: ¡Ya lo vi, sinvergüenza, viejo marica, quiere hacer trizas mi jardín!
Memo: Me estoy paseando, zamba grosera. todo el mundo tiene derecho a pasear por el balcón.
Francisca:Mentira, si ya estaba a punto de empujar mi maceta. lo he visto por la ventana, pedazo de mequetrefe. Ingeniero dice la tarjeta que hay en su puerta. ¡Qué va a ser usted ingeniero! Habrá sido barrendero, flaco asqueroso.
Memo: Y usted una zamba sin educación. Debían echarla de la quinta por bocasucia.
Francisca: Soy yo la que lo voy hacer echar. Lo voy a llevar a los tribunales por daño a la propiedad.
Algunas luces se encendieron en la quinta. Memo, temeroso del escandalo, optó por retirarse, después de lanzar una última injuria que había tenido hasta entonces en reserva:
Memo: ¡Negra!
Los intercambios de insultos parecía haberlos aliviado. Entraron a un nuevo período de paz.
La tranquilidad de Memo no duró sin embargo mucho tiempo. En esos días Memo había contratado a una muchacha para que viniera una vez a la semana a lavarle la ropa. Era casi una niña, un poco retardada y dura de oído. Doña Pancha concibió un montaje osceno y puso el grito en el cielo
Francisca: ¡Veánlo pues al inocentón! Tiene una barragana. A la vejez, viruelas. ¡Trae mujeres a su cuarto!
Memo:¡Silencio, boca de desagüe!
Francisca:No me callaré. Si quiere hacer cochinadas, hágalas en la calle. Pero aquí no. Este es un lugar decente.
Memo:¡Zamba grosera, chitón!
Francisca:¡Es el baldón de la quinta!

Desde entonces dona Pancha no cejó. Cada vez que venía la lavandera se deshacía en insultos. Memo se limitaba a parar los golpes. Hasta que se le presentó la ocasión de pasar al ataque.
fue cuando se le atoró a doña Pancha el lavadero de la cocina. Una tarde apareció un japonés con su maletín de trabajo. Memo no quiso despercidiar la oportunidad de vengarse. Cuando el obrero se fue, salió a la galería e imitando a sus tenores preferidos improvisó un aria completamente destemplada:
Memo:¡La vieja tiene un amante! ¡Trae un hombre a su casa! Un japonés además. ¡Y obrero! ¡Y en la iglesia de da golpes de pecho, la hipócrita! ¡Que se enteren todos aquí, doña Francisca viuda de Morales con ungastifero!
Francisca:¡Cobarde, pestífero, empleaducho!
Logró articular doña Pancha cuando Memo disparaba su último cartucho.
Memo:¡Vieja puta!


Pasó el tiempo y la quinta continuaba degradándose. Sus propietarios, un banco, no hacían nada por repararla, esperaban que su decrepitud expulsaría a sus habitantes y que podrían así construír un edificio moderno en su solar. Una mañana Memo descubrió que en la jaula vacía que doña Pancha trajera el día que se mudó y que desde entonces colgaba sobre el dintel de su puerta había un loro. Ese animal contenía elementos de perturbación que no tardaron en manifestarse. En esos días una estación de radio había convocado a un concurso ofreciendo un premio de mil soles a quien presentara un loro que dijera <<Naranjas Huando>>. A partir de entonces doña Pancha se dedicó a enseñarle a su perico esas palabras.
Francisca: Naranjas Huando, Naranjas Huando.
Doña Pancha era de una tenacidad inquebratable y la estupidez de su loro parecía redoblar su ardor. Un día, Memo, salió a la galería:
Memo: Vieja bellaca, ¿va a cerrar el pico?
Francisca: Pico tendrá usted, cholo malcriado.
Memo: Este no es un corral para traer animales
Francisca: Y a usted, ¿cómo lo han dejado entrar en la quinta?
Memo: Animal será usted,, una verdadera bestia pra decirlo en una palabra. Más bruta que su loro.
Francisca: No me siga hablando así que voy a llamar a la policía.
Memo: Que venga pues la policía y verá como hago que le metan al loro donde no le dé el sol.
Estos altercados no impidieron que doña Pancha siguiera aleccionando a su loro. Y al fin a Memo se le ocurrió la idea salvadora: era necesario enfrentar a su animal con otro animal. Y ya que en la quinta había ratones lo indicado era un gato.
Cuando el gato se familiarizó con la casa, Memo le permitió salir al corredor y tomar el sol al lado de su ciprés. Solo entonces el capón reparó que en la jaula vecina había algo que se movía. Doña Pancha notó que el gato se acercaba cada día más a la jaula.

Francisca:¡Se quiere comer a mi loro! ¡Usted lo ha adiestrado para que lo mate!
Memo: A buena hora. Libraría a la quinta de una plaga.
Francisca: Si lo veo acercarse un centímetro más, ese animal va a saber lo que es un escobazo.
Memo:Y usted una patada en el trasero.
Francisca: ¡Ya se abrió el albañal! ¡Ahora van a salir sapos y culebras!
Memo: Sapo será usted y una culebra es lo que yo debería traer para que la estrangule.
A pesar de las protestas de doña Pancha, Memo dejó que su gato siguiera paseándose por la galería. Había delegado a su felino la tarea de ocuparse de su vecina y poder pasar así largas horas leyendo tranquilamente en un sillón. Un día sintió caer en el balcón un chorro de agua y al poco rato el gato entró despavorido por la ventana completamente mojado. En el acto salió, cuando doña Pancha entraba a su casa con un balde.

Memo: ¡Ya la vi zamba canalla! Abusando de un animal indefenso.
Francisca: Se había subido a mi ventana, iba a saltar a la jaula.
Francisca: No le creo. Además mi gato no quiere envenenarse mordiendo a ese pájaro inmundo.
Francisca: Viejo avaro, usted lo mata de hambre seguramente cuando quiere comerse a mi loro.
Memo: Come mejor que usted, para que lo sepa, carne molida y sardinas.
Francisca: Por eso es que apesta a pescado podrido.

El gato permaneció unos días encerrado, sin atreverse a salir. Pero más puede la curiosidad que el castigo y el felino recibió un segundo chorro de agua fría. Memo se abstuvo de toda reaación , pero esa misma noche veló y cuando su vecina dormía salió, descolgó la jaula y la aventó con tal fuerza al jardín de los bajos que la jaula se despanzurró. El loro se fue volando.
Doña Pancha estaba a la mañana siguiente aporreando la puerta de su cuarto y tan trastornada por lo ocurrido que apenas podía hablar. Memo vio en su rostro abotagado los signos de un colapso inmediato.
Memo: Usted se lo ha ganado.
Francisca: Miserable.

Sobrevinieron unos días de paz forzoza. Doña Pancha salía muy temprano en busca de su loro. Al final el loro encalló hambriento y fatigado en una floristería y doña Pancha pudo recobrarlo y con él la tranquilidad y la paz perdidos. Esta vez lo instaló en una jaula de pie, metálica, roja e inexpugnable.
A partir de entonces sucedió algo extraño: entre el loro y el gato se estableció una rara complicidad. Entre los juegos siempre repetidos que mutuamente se dedicaban encontraban un deleite infinito. El acercamiento entre lo que antes había sido sus armas de combate no meguó la pugna entre los vecinos. Cada vez que se cruzaban...:
Memo: Zamba cochina.
Francisca: Cholo pulguiento.
A través del muro además se había entablado un diálogomque se cumplía rigurosamente:
Memo: Primer pedo. Segundo pedo
Francisca: Ya empieza a echar gargajos el viejo tísico. Un pollo más.
Así, ambos nada olvidaban ni perdonaban y ocupaban sus días seniles en una contienda más bien disciplinada, cada vez menos feroz, que iba tomando el aspecto de una verdadera conversación.
Un día el cielo raso de doña Francisca se agrietó y poco después en el muro de la fachada apareció una fisura. La quinta seguía cayéndose a pedazos.
Una noche doña Pancha tosió sin interrupción, lo que redobló las puyas de Memo y el pleito que tendía a empantanarse en la moderación recobró su antiguo brío. en el resto de la noche sólo escuchó toses, ronquidos y suspiros.
Al día doña pancha no salió de su cuarto. Memo permaneció todo el tiempo al acecho, escuchando tan solo en la pieza contigua el carraspeo y el trajín de una persona agotada. en los días siguientes el trajín se fue haciendo más lento hasta que cesó por completo. Memo se alarmó: ese silencio le parecía irreal, despojaba a su vida de todo un escenario que había sido minuciosa, arduamente montado durante años. saliendo al balcón se atrevió a acercarse a la ventana de su vecina.
Francisca: Viejo idiota, ¿qué hace allí espiándome?
Memo: No estoy espiando a nadie. Ya le he dicho que el balcón es de todos los inquilinos.
Francisca: ya que tiene usted dos patas, vaya a la botica y tráigame una aspirina.
Memo: A la última persona que le haría un favor sería a usted. Reviente, zamba sucia.
Francisca: No es un favor pedazo de malcriado, es una orden. si no me hace caso va a caer sobre usted la maldición de Dios.
Memo: Esas maldiciones me importan un comino. Búsquese una sirvienta. Le traeré la aspirina, bestia, pero lo hago solo por humanidad. Y aun así cuídese, no vaya a ser que le ponga veneno.
Pero esa noche cuando doña Pancha lo interpeló pidiéndole una taza de té caliente Memo, después de deshacerse en improperios, se la preparó.
Al día siguiente fue un caldo lo que doña Pancha exigió:
Memo: ¿Y por qué no un pavo al horno, vieja gorrera.
Francisca: Un caldo, he dicho.
memo cogió un poco de carne molida de su gato y preparó una sustancia.
Francisca: De hueso, seguramente, miserable.
Memo: De caca de gato, para que lo sepa.
Al día siguiente Memo fue a una pensión cercana y encargó para mediodía una doble ración de caldo de gallina. Pero dieron las dos de la tarde y no escuchó ningún pedido.
Memo: ¿No hay hambre, vieja pedorra? ¡Eh, aquí no estamos para aguantar caprichos! La sopa a sus horas o nada.
Al fin, intrigado, se decidió a dar unos golpes en la puerta y como no obtuvo repuesta la empujó.
Memo: Vieja bruja, ¿así que poniéndome zancadillas, ¿no?
Doña Pancha estaba tirada de vientre en medio del piso, con un frasco en la mano. Agachándose rozó con la mano ese cuerpo frío y rígido.
Cerca de medianoche se vistió y se dirigió a la comisaría del parque para dar cuenta de lo sucedido. No hubo velatorio. Vino a llevarla al cementerio la carroza de los indigentes.
Y desde entonces lo vimos más solterón y y solitario que nunca. se aburría en su cuarto silencioso, adonde había terminado por llegar las grietas de la pieza vecina. Pasaba largas horas en la galería fumando sus cigarrillos ordinarios, mirando la fachada de esa casa vacía, en cuya puerta los propietarios habían clavado dos maderos cruzados. Heredó el loro en su jaula colorada y terminó, como era de esperar, regando las macetas de doña Pancha, cada mañana, religiosamente, mientras entre dientes la seguía insultando, no porque lo había fastidiado durante tantos años, sino porque lo había dejado, en la vida, es decir, puesto que ahora formaba parte de sus sueños.