Una cartera llena de relojes.


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La historia que escucharéis a continuación con variaciones es muy similar en distintos paises: Un hombre, en este caso el joven Miguel, se encuentra en una situación de peligro. La inteligencia y la astucia acuden en su auxilio para salvarle el pellejo. Y no os cuento más...

Ilustraciones:
Samuel Roldán y Jorge Ortega.
(CEIP Josefa Navarro Zamora. 6º C, 2012)

Reparto:
Narrador: Javier Merchante
Bandido: Joaquín Foncueva
Miguel: Nicolás Rodríguez Quiles
Jefe: Alberto Hidalgo Bonilla
Música:
Stefano Targa (Jamendo).




Una cartera llena de relojes.
El Miguel trabajaba en una relojería. Aunque era un simple aprendiz, su jefe le tenía tanta confianza que lo envío a la capital a recoger una importante remesa de relojes de oro. En el viaje de vuelta, Miguel cabalgaba a todo galope. Tenía miedo, pues sabía que los caminos no eran seguros. Temía que le robasen la cartera llena de relojes de oro que llevaba colgada de la silla de montar. De pronto, en el camino se cruzó un hombre a caballo.

Bandido:¡Baja del caballo o disparo!
Miguel:¡Tranquilo! ¡Ahora mismo bajo!
Bandido:¡Dame tu reloj!
Miguel obedeció sin rechistar. Sacó su reloj del bolsillo y se lo tendió al bandolero.
Bandido:¡Ahora dame todo el dinero que lleves encima!
Miguel soló tenía una idea en la cabeza: que el bandolero no le pidiera la cartera donde iban los relojes de oro. Pero la suerte no le acompañó. De pronto, el ladrón reparó en la en la cartera:
Bandido:¡Ahora quiero esa cartera que llevas colgada de la silla! ¡Y no hagas movimientos bruscos, o disparo!
A regañadientes, desató la cartera y se la entregó al salteador. El ladrón la abrió con el único propósito de meter en ella el reloj y las monedas que acababa de robarle a Miguel, pero, cuando vio lo que había dentro de la cartera , sonrió de oreja a oreja. Entonces, Miguel se dirigió al ladrón:
Miguel:Señor, esos relojes de oro no son míos: he ido a la ciudad a recogerlos por encargo de mi jefe. Cuando vuelva a la relojería donde trabajo, mi jefe pensará que he sido yo quien se ha quedado con los relojes, y me molerá a palos. Es probable incluso que me denuncie ante la policía y me ahorquen por ladrón. ¡Será toda una vergüenza para mis padres!
Bandido:¡Y qué quieres que haga yo!
Miguel:Tiene que quedar claro que me han robado. ¡Ayúdeme, por favor!
Bandido:¿Que te ayude? ¿Y qué quieres que haga?
Miguel:Que dispare a mi ropa, para que mi jefe vea que no tuve más remedio que entregar los relojes. Tiene que parecer que me he resistido hasta el final. Por favor, dispare unas balas contra mi sombrero. Así parecerá que me he escapado por los pelos...
Bandido:Si eso es lo que quieres, lo haré con mucho gusto.
Entonces, Miguel se quitó el sombrero y lo dejó colgando de su mano, lo más separado posible del cuerpo. El salteador disparó alegremente contra el sombrero. Luego, Miguel volvió a ponérselo y dijo:
Miguel:¡Dispáreme también en el abrigo, y así mi jefe no podrá dudar de que me he enfrentado a todo un ladrón!
Miguel se quitó el abrigo y lo sostuvo con una mano, a cierta distancia de su cuerpo, y el salteador volvió a dispar unas cuantas balas. Cuando acabó, Miguel señaló una parte del abrigo y dijo:
Miguel:Un disparo más aquí, en el bolsillo.
Entonces el salteador apretó el gatillo de la pistola, pero todo lo que se oyó fue un pequeño “clic”. Había disparado tantas veces que no quedaba ni una sola bala en el colgador. Sin perder un segundo Miguel tiró el abrigo contra la cara del ladrón, le arrancó la cartera de las manos, montó en su caballo y se alejó a todo galope.
Cuando Miguel llegó a la ciudad y contó lo ocurrido, su jefe rió de buena gana y dijo:
Jefe: Esta claro que la astucia puede más que la maldad.
Luego, el relojero le entregó a Miguel una buena recompensa, además de un abrigo y un sombrero nuevos. Y, desde aquel día los dos tuvieron una buena historia que contar a todo el que quisiera escucharla.